La comunidad educativa y la ciudad rindieron homenaje a Sor Juliana y Sor Teresa en una emotiva misa de acción de gracias presidida por el administrador diocesano
La capital turolense dijo adiós el sábado 22 de noviembre a las dos últimas Hermanas Franciscanas de la Inmaculada que permanecían en el Colegio La Purísima, popularmente conocido como “el colegio de las Terciarias”. Lo hizo con una misa de acción de gracias cargada de emoción y reconocimiento por los 127 años de presencia ininterrumpida de la congregación en la ciudad.
La eucaristía, celebrada a las 11:00 horas en la iglesia parroquial de San Andrés, fue presidida por Alfonso Berenguer, administrador diocesano de Teruel y Albarracín, y contó con la asistencia de la alcaldesa de Teruel y exalumna del centro, Emma Buj, además de cientos de familias, antiguos alumnos y fieles que llenaron el templo.
“Más que una despedida, ha sido un inmenso agradecimiento”, resumió uno de los asistentes al término de la ceremonia. Con ella se ponía fin a la etapa de Sor Juliana y Sor Teresa, las últimas religiosas de la congregación que han vivido y trabajado en el colegio desde finales del siglo XIX.
Las Franciscanas de la Inmaculada llegaron a Teruel en 1898 y desde entonces han formado a generaciones de turolenses, combinando educación de calidad con una intensa labor pastoral y social. Su carisma franciscano y su cercanía han marcado profundamente la identidad del colegio y de la propia ciudad.
Desde 2018 el centro está gestionado por la Red Educativa Arenales, pero la comunidad educativa quiso destacar que el legado de las hermanas seguirá vivo en el proyecto pedagógico actual. “Su huella permanece en miles de personas y en el estilo educativo que hoy continuamos”, señaló un portavoz del colegio.
La alcaldesa Emma Buj, visiblemente emocionada, agradeció personalmente a las religiosas su entrega y recordó su paso por las aulas del centro: “Han sido mucho más que profesoras; han sido ejemplo de vida para varias generaciones de turolenses”.
Con esta celebración, Teruel cierra un capítulo histórico pero mantiene abierta la memoria agradecida de más de un siglo de servicio franciscano en la capital mudéjar.


