Una mirada a la vida y la fe de religiosos ancianos, donde el canto gregoriano y la liturgia siguen siendo fuente de serenidad, memoria y esperanza a los ochenta años
La vida sigue su ritmo inexorable. Nos lleva hacia adelante y nos empuja a veces con ilusiones, a veces con la inercia de la rutina diaria, a veces con recuerdos, otras veces con la mera cuenta de los días de calendario, pero siempre acercándonos a la meta.

Hice una visita a la residencia de los religiosos recoletos ancianos de Salamanca, residencia que, imagino, tendrá gran parecido con las casas de acogida de otras provincias de la Orden. En la vida de esta comunidad de adultos mayores saltan a la vista diariamente muchos detalles como perlas preciosas: la ayuda de unos con otros empujando la silla de ruedas, cómo un religioso le da con paciencia el yogur a su compañero de mesa, la explicación que un fraile da a otro con respeto, la atención a la misa respondiendo todos con voz firme, el deseo de seguir el rezo de la liturgia de las horas sin perderse entre las páginas del breviario, el cantar en el cumpleaños de un hermano “canciones de antaño”. Brillan perlas de vida interior, aunque también hay detalles que producen cierta tristeza, estampas causadas por el deterioro físico y mental; algo inevitable. La vida en este ambiente adquiere un ritmo pausado y un “modo avión”.
Pero, siguiendo con mi pregunta: ¿cómo suena el canto gregoriano a los ochenta años? En los días que pasé con estos hermanos aprecié que la capilla resulta ser el ámbito de mayor interés, el punto de encuentro donde se percibe una revitalización, mucho más que en la sala de televisión, que transmite pasividad. Se aprecia la asistencia fiel a la capilla, el seguimiento respetuoso del rito, la lectura del oficio con voz firme, la eucaristía oída de forma consciente. Todo lleva un sello de ritual, de costumbre, pero a la vez se ve la sinceridad con que los ancianos religiosos participan haciendo comunidad: se reza, se advierte al hermano dónde está la página del salmo, se ayuda al compañero a colocar su silla de ruedas frente al altar, se le pasa la estola, se le avisa de que puede sentarse… Sí, en una residencia de ancianos todo se hace ralentizado y “modo avión”, pero quiero resaltar que también todo avanza en modo “serena y fraterna virtud”.
De entre toda esta serie de fotografías ejemplares que coleccioné, me emocionó especialmente cómo el sábado por la tarde se rezó el rosario y al término del mismo se entonó la “Salve Regina”. En ese momento me pareció que ya no había modo avión sino una elevación de voz, entusiasmo y firmeza en el canto, como si la capilla estuviera llena de jóvenes teólogos de antaño. El canto se reveló como afirmación rotunda de la vida de aquellos frailes. Seguidamente, se entonó el “Ioseph”, y, de nuevo, al unísono entraron fuerte todos los religiosos con reciedumbre y tono. ¡Maravilloso! Sentí que había un fuego interior, fervor arraigado. Llegó el domingo; la hora santa de la tarde discurría dirigida por el padre prior. En contra de lo que yo esperaba, el superior entonó el “Tamtum ergo”, y otra vez, al unísono, se sumaron las voces octogenarias con firmeza: “…sacramentum, veneremur…”. ¡Emocionante!
Y pensé: ¿Cómo suena o, mejor, cómo resuena el canto gregoriano en estos ancianos religiosos? ¡Cuántas emociones y recuerdos evocarán estas cadencias musicales a quienes las cantaron con devoción desde los 11 años! Y me pregunto también qué efectos sanadores producen en sus mentes las melodías monocordes y hondas del canto.
A las personas adultas nos enseñan -cada vez más insistentemente en estos últimos años- cómo envejecer con dignidad. Nos ofrecen vitaminas mentales y herramientas espirituales para que la tercera edad sea un estado de gozo y acercamiento sereno al bien absoluto de Dios. Se requieren dosis de paz y armonía para ir entregando al Creador pacíficamente el vaso de la vida. Yo quedé convencido de que estos cantos gregorianos sirven para regenerar las mentes y las almas de estos frailes que participan todos a una voz, todos en común, todos sintiendo una experiencia espiritual profunda. Alaban a Dios a través del canto litúrgico tradicional que es medio para elevar el alma al Creador. El canto expresa lo que las palabras no pueden, es higiene mental, es aliento terapéutico para el alma. A los ochenta y tantos, el alma de la fe aflora de la belleza del canto.


