Hoy domingo, 11 de enero de 2026, la Iglesia Católica celebra la Fiesta del Bautismo del Señor, solemnidad que marca el cierre oficial del Tiempo de Navidad y abre paso al Tiempo Ordinario
La liturgia nos invita a contemplar una segunda “epifanía” —manifestación— de Jesucristo: no ya como Niño en Belén, sino como Hijo amado del Padre, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, en el río Jordán.
El Evangelio según San Mateo (Mt 3,13-17) narra el momento central: Jesús llega desde Galilea al Jordán y pide a Juan Bautista que lo bautice. Ante la resistencia de Juan —“Yo soy quien debe ser bautizado por ti”—, Jesús responde: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Tras el bautismo, se abren los cielos, desciende el Espíritu en forma de paloma y resuena la voz del Padre: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”.
¿Por qué se bautiza Jesús, si no tiene pecado?
Aunque Jesús es Dios y hombre sin mancha, su bautismo no es un rito de purificación personal, sino un acto de profunda solidaridad con la humanidad. Al sumergirse en las aguas del Jordán, Cristo asume y santifica nuestra condición pecadora, abriendo la puerta de la salvación a todos.
Como explicaba San Máximo de Turín en el siglo V:
“Cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo y queda limpia la fuente, para que pueda luego administrarse a los pueblos que habían de venir a la gracia de aquel baño”.
En otras palabras, Jesús no necesita purificación, pero santifica el agua para que, en adelante, todo bautismo sea fuente de vida nueva y libertad auténtica.
El Bautismo: nuevo nacimiento en el Espíritu
San Gregorio Nacianceno, Padre de la Iglesia del siglo IV, profundizaba en el misterio:
“Juan está bautizando y Cristo se acerca, tal vez para santificar al mismo por quien va a ser bautizado y, sin duda, para sepultar en las aguas a todo el viejo Adán, santificando el Jordán antes de nosotros y por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua”.
El Bautismo cristiano es, por tanto, un nuevo nacimiento a la vida de la gracia: perdona el pecado original, nos hace hijos adoptivos de Dios, nos incorpora a Cristo y a la Iglesia, e imprime en el alma un carácter indeleble.
El Papa León XIV y la gracia bautismal
En fechas recientes, el Papa León XIV ha destacado el paralelismo entre la gracia singular recibida por María en su Inmaculada Concepción y la gracia que todos los cristianos reciben en el Bautismo:
“El milagro que para María sucedió en su concepción, para nosotros se renovó en el Bautismo” (Ángelus, 8 de diciembre de 2025).
La fiesta de hoy nos recuerda que Dios Uno y Trino se acerca a nosotros para darnos “vida en abundancia” (Jn 10,10), revelando su rostro y su voz en el Hijo amado.


