Durante siete domingos acompañaremos a San José en un recorrido espiritual que nos permitirá contemplar, paso a paso, sus dolores y gozos, y aprender de su obediencia silenciosa y fiel en el misterio de la Encarnación
Con una invitación a sumergirse en la «escuela escondida de Nazaret«, ha dado inicio el ciclo devocional de los Siete Domingos de San José. Esta tradición, que precede a la gran solemnidad del 19 de marzo, propone este año un recorrido centrado en la virilidad santa y la fidelidad sin ruido, presentando al Patriarca no solo como un protector, sino como el maestro de quien el mismo Verbo encarnado aprendió la obediencia cotidiana.
Un primer domingo marcado por el «temor reverencial»
El itinerario espiritual ha abierto su primer capítulo abordando el pasaje de Mateo 1, 18-25, que narra el momento en que José descubre el embarazo de María. Lejos de las interpretaciones que sugieren duda o sospecha, la crónica espiritual de esta jornada subraya una perspectiva profunda: el dolor de José nace de la humildad.
«José no sospecha de María; se juzga pequeño ante un misterio que lo sobrepasa«, señalan las meditaciones de este ciclo. Su silencio se define como una «adoración contenida», un modelo para la Iglesia contemporánea sobre cómo recibir los designios divinos sin intentar forzarlos.
De la prueba del misterio al gozo de la luz
El relato periodístico de este primer domingo destaca el contraste entre dos estados del alma:
El Dolor: La prueba del misterio, donde el «varón justo» decide retirarse para no invadir la obra de Dios.
El Gozo: La obediencia que surge tras la intervención del ángel, una acción que el texto describe como «pronta, sin palabras y con paz profunda«.
Este tránsito de la oscuridad a la luz interior se presenta como una lección de «fidelidad sin ruido«, una virtud que busca rescatar el valor del servicio que no necesita ocupar el centro del escenario para ser efectivo.
Un horizonte puesto en la «eternidad»
El ciclo no solo mira al pasado histórico, sino que proyecta su mensaje hacia el final de la vida. A través de la invocación a María, Esposa del Carpintero, se hace un llamado a vivir con «los pies en la tierra y el corazón en el cielo».
La meta de estos siete domingos es clara: preparar a los fieles para el «paso decisivo«, proponiendo la muerte de José —en brazos de Jesús y María— como el ideal de un tránsito en paz hacia lo que el texto denomina la «Casa donde no hay noche ni fatiga«.
Las claves del camino:
La obediencia silenciosa: Aprender a escuchar antes de actuar.
La custodia del misterio: Entender que el don recibido no es propiedad privada, sino algo que se sirve con temblor.
El trabajo y la oración: Los pilares de la cotidianidad de Israel que José transmitió al Niño Dios.




