En los días previos a la celebración, la fe católica llama a la conversión interior y al silencio para acoger el misterio de la Encarnación
La Navidad no es solo una fecha en el calendario ni un momento sentimental, sino el misterio central de la fe cristiana: Dios que se hace hombre para salvar a la humanidad. En estos días decisivos de Adviento, la Iglesia invita a los creyentes a detenerse, mirar hacia dentro y preparar el alma para recibir al Señor que viene, especialmente en un mundo acelerado que tiende a superficialidad.
La celebración no se limita a un recuerdo piadoso, sino que conmemora un hecho histórico y transformador: la Encarnación del Hijo de Dios, que entra en la historia humana para redimirla desde dentro. Cristo, descrito como “luz del mundo”, irrumpe en las tinieblas del pecado, el sufrimiento y la desesperanza, recordando a los fieles que no están solos y que la salvación ya ha comenzado.
El pesebre, anticipo de la Cruz
El texto destaca la inseparable conexión entre Navidad y Pascua: el Niño de Belén es el mismo que se entregará en la Cruz. La humildad del nacimiento en un pesebre anticipa la entrega total en el Calvario. Esta idea se refuerza en la liturgia posterior al 25 de diciembre, con las fiestas de San Esteban (primer mártir), San Juan Evangelista y los Santos Inocentes, que ilustran que el amor nacido en Belén no es cómodo, sino exigente y salvífico.
Dios, añade el artículo, se revela preferentemente a los pequeños y humildes. Los Evangelios muestran cómo el anuncio del nacimiento se confía a pastores sencillos, no a poderosos ni sabios. Jesús nace en la pobreza de una cueva y es colocado en un pesebre, simbolizando que se convierte en “alimento para el mundo” y enseñando el camino del Reino: la humildad y el vaciamiento del orgullo.
La Novena de Navidad, una cuenta atrás espiritual
Como herramienta concreta para esta preparación, la Iglesia propone la Novena de Navidad, que comenzó el 16 de diciembre y culmina en la víspera de Nochebuena. Estos nueve días constituyen una “escuela de fe, esperanza y conversión”, marcada por una alegría creciente y la oración comunitaria o personal.
La Novena no es mera tradición, sino una invitación renovada a llegar a Belén con el alma despierta. Vivida en familia, en la parroquia o en solitario, une a los creyentes en una misma expectación, recordando la promesa de Jesús: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
La verdadera alegría navideña no proviene del ruido exterior, sino de un corazón dispuesto a acoger el misterio de un Dios que entra en la historia para quedarse para siempre.


