Los cristianos sirios celebran su segunda Navidad tras la caída de Bashar al-Assad marcada por la fatiga económica, el miedo latente y la solidaridad con los que sufren
Siria vive su segunda Navidad desde la huida del expresidente Bashar al-Assad a Rusia en medio de un clima agridulce: las calles de las principales ciudades se adornan con luces y símbolos festivos, pero el frío invierno, la crisis económica y las heridas abiertas del conflicto siguen pesando sobre la población, cristiana y musulmana por igual.
«También este año Jesús ha elegido nacer aquí, haciéndose refugiado, pobre y sin hogar, solidario con quienes sufren», afirma monseñor Jacques Mourad, arzobispo siro-católico de Homs, resumiendo el espíritu con el que los cristianos sirios afrontan estas fiestas.
Una normalidad aún lejana
En Alepo, una de las ciudades con mayor presencia cristiana, las decoraciones navideñas cuentan con el permiso de las nuevas autoridades, según relata monseñor Hannah Jallouf, vicario apostólico de los latinos. Sin embargo, la realidad cotidiana dista mucho de ser festiva. «Las autoridades han subido recientemente el precio del gasóleo para calefacción y de la electricidad. Estos costos absorben hasta tres cuartas partes del salario medio de un obrero», denuncia el prelado.
El riguroso invierno del norte del país agrava la situación. La nieve que cubre las provincias alrededor de Alepo complica aún más la vida diaria, mientras la parroquia franciscana de San Francisco de Asís se convierte en el principal centro de asistencia social y sanitaria para toda la población, independientemente de su confesión religiosa.
«Intentamos devolver una apariencia de normalidad a la vida para volver a sentirnos humanos», explica el padre Bahjat Karakash, párroco de Alepo. «Pero bajo la superficie aún arde el fuego del miedo», añade, señalando que esa inestabilidad alimenta un éxodo migratorio que no se detiene.
La paz duradera, gran deseo navideño
A pesar de las presiones internacionales para favorecer el retorno de los refugiados, la población siria sigue disminuyendo. «La gran esperanza de esta Navidad es que el Señor nos conceda una paz duradera», expresa monseñor Jallouf. «La gente necesita estabilidad, trabajo y seguridad para decidir volver».
Los religiosos alertan también sobre riesgos persistentes. «La amenaza fundamentalista sigue siendo apremiante» y «el país continúa dividido en zonas controladas por fuerzas opuestas a la reconciliación», recuerda el padre Karakash, mencionando el reciente atentado contra militares estadounidenses en Palmira que causó tres muertos.
Solidaridad por encima de las celebraciones
Este año, muchas comunidades cristianas han optado por una Navidad discreta. Monseñor Mourad explica que se ha renunciado intencionadamente a grandes actos públicos «para demostrar solidaridad con quienes aún sufren, especialmente en la comunidad alauita y entre las familias cristianas que tienen personas desaparecidas».
En Alepo, el pesebre parroquial incluye una reproducción del de Belén como gesto hacia Palestina. «Es una forma de conectarnos con el sufrimiento de nuestros hermanos que han padecido los bombardeos en Gaza», afirma el padre Karakash.
Un llamado a la comunidad internacional
Los líderes cristianos sirios coinciden en pedir que no se baje la guardia. «Siria está llena de esperanza, pero la atención internacional sobre nuestro sufrimiento ha disminuido», lamenta el párroco de Alepo, quien reclama mayor solidaridad global. «Necesitamos el apoyo de toda la Iglesia universal para difundir la palabra de la reconciliación».
Para los cristianos de Siria, esta Navidad no es solo una fiesta, sino un recordatorio profundo: Jesús, nacido pobre y refugiado, se identifica con su dolor y los invita a practicar la solidaridad como única vía hacia una esperanza real.

