La capital del Turia celebra su festividad local marcada por la historia de la Corona de Aragón y el legado del joven mártir del siglo IV
La ciudad de Valencia celebra hoy la festividad de su patrón, San Vicente Mártir, aunque con algunas modificaciones y cambios de fechas en actos como la Mascletá debido a la situación de luto nacional que vive España entera por el accidente ferroviario.
Como marca la tradición, el festivo se circunscribe estrictamente a los límites de la capital, una delimitación que históricamente venía marcada por las antiguas cruces de término. Estos monumentos (conocidos como peirós en tierras valencianas o pedrós en Cataluña) señalaban la entrada y salida del municipio, una herencia de la Corona de Aragón que hoy define el mapa de la celebración.

El sacrificio que forjó una identidad
La figura de Vicente de Huesca trasciende lo religioso para convertirse en un pilar de la identidad valenciana. Su historia se remonta al año 304 d.C., cuando el joven diácono fue trasladado a Valencia para ser juzgado durante la cruenta persecución del emperador romano Diocleciano.
A pesar de las torturas extremas a las que fue sometido, Vicente se mantuvo firme en su fe, muriendo en la ciudad y convirtiéndose en un símbolo de resistencia. Hoy, además de ser el patrón de la capital, lo es también de la Archidiócesis de Valencia, consolidando su relevancia en todo el territorio eclesiástico.
Jaume I y el patronazgo real
El vínculo definitivo entre el santo y la ciudad se selló en el siglo XIII. Tras la Reconquista, el rey Jaume I el Conquistador atribuyó la victoria sobre las fuerzas musulmanas a la intercesión del mártir. En un gesto de gratitud por lo que consideró una ayuda divina en la batalla, el monarca lo designó oficialmente como el protector de Valencia.
«La victoria sobre los árabes se debió a la intercesión del santo«, reza la tradición que impulsó el monarca tras recuperar la plaza para la cristiandad.
Un patrón para todos los gremios
Más allá de las instituciones oficiales, la devoción por San Vicente Mártir cala profundamente en el tejido civil de la ciudad. Un ejemplo de ello es su papel como patrón del Gremio de Sastres y Modistas, uno de los colectivos con más solera de la capital, que hoy también vive su jornada grande.
Las celebraciones, que incluyen la tradicional procesión y actos litúrgicos en la Catedral, sirven para recordar que, aunque los límites de la ciudad hayan crecido más allá de aquellas antiguas cruces de piedra, el espíritu de San Vicente sigue vivo en el corazón de Valencia cada 22 de enero.

Vicente descendía de una familia de cónsules romanos afincados en Huesca, y su madre, según se dice, fue hermana del mártir San Lorenzo. Su fecha de nacimiento no está bien determinada, pero debe de haber sido hacia la última parte del siglo III.
Estudió la carrera eclesiástica en Zaragoza junto al obispo Valero, quien lo nombró primer diácono. Tal nombramiento respondía a una curiosa razón; Valero era muy mal orador y Vicente muy bueno, así que el obispo encontró con creces a quien debía suplirle y exonerarlo de la sagrada cátedra.
Los tiempos en los que vivió Vicente fueron los del emperador Diocleciano, por lo que sobran explicaciones sobre la hostilidad que se vivía contra los cristianos. Daciano era el encargado de ejecutar las órdenes imperiales en España.
Las cárceles, anteriormente reservadas para los delincuentes, estaban abarrotadas de presbíteros, diáconos e incluso obispos. Cuando Daciano llega a Zaragoza, manda detener al obispo Valero y a su diácono, Vicente, y los envía a Valencia.
En Valencia, obispo y diácono son interrogados. Valero no encuentra las palabras apropiadas para defenderse y Vicente es quien finalmente responde por ambos. Su retórica se dirige a cuestionar el poder del cónsul sobre lo espiritual, y eso no hizo más que enfurecer a Daciano, quien castiga a Valero con el destierro.
Vicente, por su parte, no corre la misma suerte: es sometido primero a la tortura del potro. Su piel, luego, sería desgarrada con unos garfios de acero. Mientras lo torturaban, el juez presente le ofrecía el indulto si abjuraba. Vicente soportó cuanto dolor pudo sin dar un paso atrás.
Daciano, sintiéndose desafiado, le ofrece el perdón si blasfema. Ante la nueva negativa, exasperado, mandó aplicarle un tormento aún más cruel: colocarlo sobre un lecho de hierro incandescente.
Señala la tradición que Vicente se encomendó a su paisano San Lorenzo para que le ayude a sortear aquella prueba. Luego, con la piel quemada, fue arrojado a un calabozo fétido. En palabras de Prudencio, se trataba de «un lugar más negro que las mismas tinieblas«.
¿Dónde está, muerte, tu victoria?
En esos momentos de extremo sufrimiento, Dios es su consuelo. Dice el poeta que un coro de ángeles lo vino a consolar al mártir. Aquel horrible lugar se llena inesperadamente de luz, y la pestilencia desaparece. El carcelero, conmovido, se convierte y confiesa a Cristo.
Daciano, pérfido, manda poner bálsamos a Vicente, pensando que un poco de alivio será la mejor antesala para hacerlo luego sufrir aún más. Pero apenas cargado para ser llevado nuevamente ante el verdugo, Vicente expira y su alma vuela hacia Dios. Era el mes de enero del año 304.
El Prefecto ordena mutilar el cuerpo del santo y arrojarlo al mar, pero las olas lo devuelven un par de días después. Los cristianos entonces lo recogen y le dan sepultura. Ahora ellos proclaman el triunfo de Dios en Vicente, al que llamaron “Invicto”.


